abril 22, 2026

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La afición secreta de la familia Farelo con Bad Gyal a la cabeza

Son ya tres las hermanas cantantes que han salido de la familia y ahora la más novel ha confesado alguno de los secretos

Hay sagas artísticas que funcionan como un imán y los Farelo están en esa liga indiscutible. El apellido se escucha en conciertos, platós y festivales, y siempre aparece acompañado de una estética reconocible. Falta, sin embargo, una pieza íntima que explique cómo mantienen el vínculo cuando cada uno corre a su ritmo.

La respuesta no llegó en un comunicado ni en un estreno, sino en una entrevista rápida con sabor a backstage con EVA. Entre risas, prisas y micrófonos de paso, una de las hermanas dejó una frase breve y definitiva. Esa confesión, sencilla y cotidiana, ayuda a entender por qué el clan sigue funcionando como una banda afinada.

Un flechazo musical que empezó con Alba y contagió a las gemelas

Bad Gyal abrió camino con hits urbanos que la catapultaron de Vilassar de Mar a escenarios internacionales. Su mezcla de dancehall y pop digital convirtió bailes, estilismo y autotune en marca global con sello propio. Entre giras y colaboraciones, consolidó un universo creativo que influyó en casa mucho antes de cualquier algoritmo.

El relevo lo tomó Irma con su proyecto Mushka, que creció entre plataformas, salas y visitas a academias televisivas. Su flow en catalán, cercano y magnético, la acercó a un público que buscaba identidad sin renunciar al ritmo. Verso a verso, fue fijando un espacio propio en la escena y confirmando que el talento venía en serie.

Greta, la otra mitad de las gemelas, dio un paso al frente con su debut Codo con Codo y una sensibilidad distinta. Sus canciones recorren emociones de proximidad y se sostienen en una producción que potencia lo esencial. Concierto a concierto, ha ido trenzando una trayectoria breve pero firme, ajena a comparaciones domésticas.

La pasión compartida fuera de la música

La clave salió de la boca de Greta durante un cuestionario ping-pong en el Festival•B de Barcelona. Pregunta directa sobre el motivo de unión familiar y respuesta sin rodeos ni maquillaje innecesario. “Nos gusta a todos comer bien”, deslizó, como quien no quiere subrayar que el ritual es sagrado. Añadió que su plato favorito es la sopa.

Esa línea conecta con otra conversación compartida entre las gemelas en “La Turra”, donde exploraron su vínculo espejo. Allí ya quedó claro que la familia opera a contrarreloj, pero siempre reserva un margen para verse. La agenda aprieta, la música manda, y aun así encuentran tiempo para sentarse alrededor de una mesa.

No hablan de un festín improvisado cualquiera, sino de elegir lugares que garanticen producto y cariño. El plan parece sencillo, aunque encierra una disciplina afectiva que vale más que cualquier lista de éxitos. Cuando coinciden todos, el encuentro se vive como un backstage doméstico donde la sobremesa es el bis obligatorio.

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Quien empuja el ánimo suele ser Alba, acostumbrada a liderar sin imponerse y a cuadrar agendas imposibles. Su perfil más mediático transforma esas quedadas en un pequeño acontecimiento que trasciende lo familiar. No faltan los guiños a locales de Barcelona donde se sienten en casa y saben que el trato es honesto.

El Bar Bocata se ha convertido en parada recurrente, con celebraciones que terminan entre velas y brindis discretos. No es el único sitio, pero funciona como símbolo de una costumbre que ya parece ritual. Comer bien, conversar largo y volver a empezar, mientras cada proyecto corre paralelo sin colisionar.

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