FOTO: Violentos destrozan una sede de Aliança Catalana
Hay días en los que la palabra “democracia” se llena la boca de muchos, pero se vacía en la práctica. Hoy, una imagen tomada en una calle de Catalunya vuelve a recordarnos qué ocurre cuando la discrepancia se intenta tapar con pintura y ruido en lugar de con argumentos.
Una imagen dice más que mil palabras
En la fotografía difundida en redes se ve la persiana metálica de una sede de Aliança Catalana cubierta de chorreados de pintura y con pintadas en el suelo. No hay matices que valgan: es vandalismo. No sabemos quiénes fueron sus autores, pero sí sabemos lo que significa el gesto.
Un local político —que representa a votantes concretos y, por tanto, a una parte real de la ciudadanía— amanece atacado por quienes, paradójicamente, suelen proclamarse “demócratas” mientras desprecian la existencia misma de una voz distinta a la suya.
La paradoja democrática
La democracia no es el triunfo del que grita más fuerte ni del que amenaza mejor, sino el marco que permite convivir con aquello que no nos gusta. La etiqueta de “antidemocrático” se ha convertido en un comodín para descalificar a Aliança Catalana o a cualquier otro proyecto que descoloque el relato dominante.
Sin embargo, nada resulta más antidemocrático que boicotear, amedrentar o intentar borrar del espacio público a un adversario político. Quien no soporta ver un rótulo, tampoco acepta ver una papeleta.
De la crítica legítima a la intolerancia
Es saludable criticar programas, denunciar contradicciones o desmontar propuestas con datos. Es lo que hacen los sistemas libres: debatir. Pero el salto de la crítica a la coacción —pintadas, daños, amenazas— marca el paso de la pluralidad a la intolerancia.
Y ese paso lo dan, demasiadas veces, los mismos que señalan a Aliança Catalana como “peligro” para la convivencia mientras practican exactamente aquello que dicen combatir. No es una cuestión de simpatías ideológicas; es de reglas del juego. Si hoy es una sede de Aliança Catalana, mañana puede ser la de cualquier otro.
Hi ha algú que està nerviós…
Fora islamistes!#SalvemCatalunya pic.twitter.com/EtGtY0itNk
— Sílvia Orriols (@orriolsderipoll) November 12, 2025
Votos, no botes de pintura
La voz de quienes apoyan a Aliança Catalana existe y está en las urnas. Negarla a brochazos no la hace desaparecer; la deforma y la endurece. En democracia se responde con votos, con propuestas mejores y con campañas que convenzan, no con botes de pintura ni con mensajes destinados a deshumanizar al discrepante.
La libertad de expresión ampara la crítica más dura, no la agresión a bienes privados o sedes políticas. Defender este límite no es defender a un partido; es defender nuestro marco común.
Lo que está en juego
Cada vez que se normaliza un ataque así, se manda un mensaje peligroso: que hay ideas que pueden censurarse físicamente. Ese atajo siempre termina mal. La historia enseña que comenzar por silenciar al adversario conduce a una política más pobre, más sectaria y más propensa a la violencia. Catalunya necesita exactamente lo contrario. Necesita más debate, más argumentos, más capacidad de escuchar incluso lo que incomoda.
Una lección de democracia
La foto de la sede de Aliança Catalana vandalizada no va de simpatías ni de siglas; va de respeto a la pluralidad. Quienes proclaman superioridad moral mientras anulan la voz ajena no ejercen la democracia: la sabotean.
Si de verdad creemos en un país abierto y adulto, que el próximo gesto no sea contra una persiana, sino en una mesa de debate o en una urna. Allí es donde se gana y se pierde de verdad. Allí es donde la democracia demuestra, sin pintura ni gritos, que es más fuerte que cualquier intento de silenciarla.